__El significado de la palabra burjú llega desde el sueño, desde la imaginación, desde el deseo. Ese significado nace en el punto de intersección de los tres. Es el mundo que alguien ha soñado, imaginado, deseado. Si alguien se pregunta por qué existen los burjús, debería preguntarse por qué la arena quiso ser alga, por qué el alga quiso ser pez, por qué el pez quiso ser pájaro, por qué el pájaro quiso ser dinosaurio. Los burjús son los mundos que eligimos algunos humanos privilegiados. No son un lugar físico sólamente, o sólo un periodo de tiempo. Y no son exclusivos. Pueden ser compartidos, como muchos lo hacen realmente.
__El burjú nº7 es el curioso universo del cristalero. La ciudad de las miradas sinceras. La calle del naranjo. Su pequeño taller en el que siempre hay trabajo hasta el final de la jornada, y siempre la mañana siguiente se renueva con el encargo de algún vecino. Se casó con una mujer alegre y cariñosa, con una de esas sonrisas que pueden arreglar un mal día, y hace poco tuvieron un hijo; el ser más precioso en el mundo para el cristalero. Todavía no le han puesto nombre a esa criatura que con la apariencia más frágil ya apunta sus ojos abiertos en todas direcciones. La vida del cristalero es, en este momento, perfecta en su burjú. Pero los burjús una vez escogidos no pueden sustituirse o alterarse. El funcionamiento de cualquier burjú es el que se deduzca de los parámetros y condiciones que a priori haya decidido su creador. Ningún burjú garantiza la felicidad. Ocurre como con el don de la inteligencia y la auto-conciencia. Sólo garantizan la oportunidad. Muchos podrán imaginar que el burjú del cristalero quizás tenga sus problemas, si no, no habría historia que contar.
__Se puede descubrir fácilmente que en la ciudad de las miradas sinceras, como es lógico, nadie miente, pues los ojos del mentiroso le traicionan y le humillan cuado éste lo intenta. De esta manera sucede que nadie lleva gafas de sol o se cubre el rostro con ninguna prenda o casco, ya que entonces sería el objetivo de las sospechas y desconfianza de los demás. Incluso muchos de los ciudadanos creen que estas actitudes son la prueba de algún delito. También por esta razón en la ciudad no existen coches con las lunas tintadas ni casas con largas y tupidas cortinas en las ventanas. Es más, a día de hoy, tampoco está bien visto cerrar las puertas, y hasta constuir edificios con ellas sin que se justifique previamente a la autoridad. En esta ciudad crece el hijo del cristalero.
__El burjú nº7 es el curioso universo del cristalero. La ciudad de las miradas sinceras. La calle del naranjo. Su pequeño taller en el que siempre hay trabajo hasta el final de la jornada, y siempre la mañana siguiente se renueva con el encargo de algún vecino. Se casó con una mujer alegre y cariñosa, con una de esas sonrisas que pueden arreglar un mal día, y hace poco tuvieron un hijo; el ser más precioso en el mundo para el cristalero. Todavía no le han puesto nombre a esa criatura que con la apariencia más frágil ya apunta sus ojos abiertos en todas direcciones. La vida del cristalero es, en este momento, perfecta en su burjú. Pero los burjús una vez escogidos no pueden sustituirse o alterarse. El funcionamiento de cualquier burjú es el que se deduzca de los parámetros y condiciones que a priori haya decidido su creador. Ningún burjú garantiza la felicidad. Ocurre como con el don de la inteligencia y la auto-conciencia. Sólo garantizan la oportunidad. Muchos podrán imaginar que el burjú del cristalero quizás tenga sus problemas, si no, no habría historia que contar.
__Se puede descubrir fácilmente que en la ciudad de las miradas sinceras, como es lógico, nadie miente, pues los ojos del mentiroso le traicionan y le humillan cuado éste lo intenta. De esta manera sucede que nadie lleva gafas de sol o se cubre el rostro con ninguna prenda o casco, ya que entonces sería el objetivo de las sospechas y desconfianza de los demás. Incluso muchos de los ciudadanos creen que estas actitudes son la prueba de algún delito. También por esta razón en la ciudad no existen coches con las lunas tintadas ni casas con largas y tupidas cortinas en las ventanas. Es más, a día de hoy, tampoco está bien visto cerrar las puertas, y hasta constuir edificios con ellas sin que se justifique previamente a la autoridad. En esta ciudad crece el hijo del cristalero.
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__Ha pasado el tiempo y el cristalero es viejo. En su calle, el naranjo se perfila contra el sol de la tarde, como muchas otras tardes todos estos años. Hace brillar sus hojas en un chisporroteo, un temblor que bate el aire y lo convierte en un murmullo. Un murmullo que lame su rostro mientras continúa el camino a su casa. Pero ese susurro, que son las palabras del árbol, el cristalero no lo comprende. No intuye que esas palabras son dichas para él. Que hay un mensaje que se mece a su alrededor hasta que otra corriente de aire, al doblar la esquina, destroza el susurro, rompe las palabras en sílabas, las sílabas en letras, las letras en ceniza. El cristalero se la sacude de los hombros de su abrigo al llegar a casa.
__Todo parace igual a los ojos del cristalero. Sí, su mujer también ha envejecido, pero su sonrisa es la misma. Su hijo ya tiene nombre; ya es un hombre; ya nada tiene que enseñarle del oficio del cristal. Cenan felices, como tantas otras noches.
__Todo parace igual a los ojos del cristalero. Sí, su mujer también ha envejecido, pero su sonrisa es la misma. Su hijo ya tiene nombre; ya es un hombre; ya nada tiene que enseñarle del oficio del cristal. Cenan felices, como tantas otras noches.
__Lo que ignoran es el aliento de la ciudad herida a su alrededor, cerrándose poco a poco sobre sí misma, hacia el epicentro. La calle del naranjo. La casa del cristalero. Ignoran que la ciudad muere de sinceridad, de miedo. Que los ciegos serán expulsados de la ciudad, que serán lugares prohibidos los rincones y la oscuridad, que los libros, los periódicos, la documentación... las palabras escritas perderán todo crédito. El cristalero eligió su burjú, su vida feliz, pero no habló de su muerte, la que le aguarda esta noche. Tampoco de la vida de su hijo, la que le tocará mañana y mañana y mañana en la ciudad de las miradas sinceras. Una ciudad que, en uno de esos mañanas, encontrará desierta.