ALEJANDRA

___Se llamaba Alejandra. La llamamos. Pero las palabras continen más silencios que antes. Te llamaste Alejandra.

II


las palabras

no hacen el amor

hacen la ausencia

si digo agua ¿beberé?

si digo pan ¿comeré?

______________(Alejandra Pizarnik. "En esta noche, en este mundo")


____Te llamamos Alejandra. Aún. Alejandra aún presa de los miedos que ya no sientes, de la torpeza de las miradas o la voz que ya no usas, de su dolor al usarlas, desperdiciarlas, desposarlas con los silencios.


Antes
a Eva Durrel

bosque musical

los pájaros dibujaban en mis ojos

pequeñas jaulas

______________(Alejandra Pizarnik. "Los trabajos y las noches")


___PD: Mi diminuto homenaje a esta poetisa argentina, que espero que os guste.


Atravesando los espejos

__El burjú 101 es un burjú diferente. Nadie lo ha creado, sin embargo, muchos pasan por él en algún momento. Pero cuidado… cuidado… Silencio…

__En uno de los espejos…

__Abrió la puerta, como si pesase, como si fuese de madera o de hierro. Colgó su bufanda y su abrigo harapientos en el perchero como si éste no fuera de aire, de vacío. Era su hogar, definitivamente. Calle ninguna, sin número, ciudad nada. Se arrellanó en el hueco que era su sillón preferido, el sillón en que nadie se sentaba; inmerso en pensamientos, es una obviedad, pero necesario decirlo, los pensamientos que nadie pensaba; aguardando, cómo decirlo sin redundarse, a quien nadie aguardaba.
__La gente hablaba de él con frecuencia, aunque le contrariaba que lo hicieran como si le conociesen, como si realmente supiesen quién era y cómo era. Lo que más le sorprendía era la capacidad casi infinita que tenían los demás para demarcarle límites. Había comprendido con el tiempo que estaba sólo, como un negativo del resto, pero aun así le resultaba difícil entender ciertas cosas. Por ejemplo, a muchos se les ocurría decir “Nadie quiere la guerra”, o “Nadie murió”, o “Nadie tiene la culpa”, mintiendo cruelmente o ignorando sin piedad. Frases como aquellas eran las que le ponían nervioso. Otras sin embargo le hacían mucha gracia, “Nadie posee la verdad”, “Nadie es más guapo que yo”, o simplemente le parecían curiosas “Nadie conoce a nadie”, “Nadie quiere a Nadie”
__Pero aparte de todo esto, de la fabulosa imaginación de la gente, tanto para tratar de engañarle y autoconvencerse, como para definirle y autorecluirse a perpetuidad, lo que más esperaba apoltronado en aquel, su sillón, era la compañía de algún alguien. Conocía a muchos de ellos. Un alguien como el ferroviario olvidado de la estación abandonada de Taradell, que golpeaba su puerta invisible en las noches más frías y tristes; o como el niño atrapado en el laberinto de las ruinas del Beirut del 82, que huía en sueños hasta encontrarle para llorarse; o, como él ante todo esperaba, la trompetista de un local del extrarradio de Ámsterdam, que le venía visitando desde hacía quince años, cada tarde de cada día. Esa triste mujer que decía la verdad cuando entre lágrimas suspiraba un “Nadie me quiere”, un “Nadie me ha querido”, un “Nadie me querrá”. Esa tristísima mujer que él comprendía, casi salvando la distancia de sus nombres, de sus respectivas naturalezas, de sus ausencias correspondientes ahora correspondidas. Porque era del todo cierto. Al igual que a todos los otros, él la querría siempre, desde allí, su hogar, sin duda. Calle ninguna, sin número, ciudad nada.
__Para siempre.
__Tierra de nadies.
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