___Las puertas de la sala de urgencias acostumbraban a abrirse cada semana para la misma visita. Muchos lo saben: La rutina mecanizada puede destruir tanto como un Happy Meal o un Big Mac. Lo que ocurre es que si los unos afectan al cuerpo, la otra afecta a la mente, que de la misma manera engorda y se vuelve obesa, con dificultades para moverse, hasta que incluso, alguna explota, salpicando al de al lado, que por primera vez entiende el problema de otro. En fin, cada uno se apega a sus costumbres, más o menos peligrosas o irresponsables, y cada uno se estrella con las de los demás al menos una vez. De esta manera, la Tierra cruzó las puertas de urgencias, como lo hacía cada domingo, sobre una camilla y atendida por dos enfermeros experimentados. Pero cada domingo, siendo igual, no era el mismo. La diferencia radicaba en la disminución de la velocidad de la camilla, en el aumento de la frialdad y el aplomo de los enfermeros, que preparaban pausadamente las sondas y la bolsa de suero, sin ni siquiera tomarle ya el pulso a la paciente, ni enfocar con su linternita a sus pupilas. No hacía falta. Este domingo era una repetición distorsionada del anterior, que lo fue del anterior, del anterior, del anterior… Así una larga serie de fotocopias de fotocopias.
___Por eso cuando el médico atendió a la Tierra simplemente habló, como lo hace una máquina por un altavoz, sin entonación ni interés, ni en que le quieran escuchar ni en que le quieran responder.
-Vamos a ver…
___Examinaba, con la destreza que proporciona la rutina, el informe del que reconocía hasta la última letra. No le hizo falta volver a leerlo. De un vistazo comprobó que todas las manchas de tinta seguían en el mismo lugar que siempre.
-Le dijimos que esperara nuestra llamada, que no…
-Pero doctor… -Interrumpió la Tierra suplicante, juntando las palmas de las manos y tirando de los tubos que ahora le salían de los antebrazos. El médico, esculpido en granito, trató de ignorar la interrupción, simulando un carraspeo como verdadera razón de la pausa en su discurso.
-…que no se preocupara. Los problemas que usted tiene están totalmente cuantificados y localizados. Totalmente controlados. –Apenas cogió aire adivinando que era el momento de otra interrupción, y continuó de forma implacable, sin opción a réplica por parte de la Tierra.
- Veintinueve guerras, quince de ellas civiles. Veamos por otro lado. Dos treguas, tres rendiciones y un genocidio. Como le reiteramos cada semana, todos sus males están en vías de solución. –El médico paseaba por la habitación de hospital y se asomaba a la ventana, distraído. Actuaba como el estudiante que recita la lección bien aprendida en su cuarto. -Ya debería saber que cada conflicto lleva su tiempo; se lo hemos repetido una y otra vez. Trabajamos para su salud sin descanso y encontraremos la vacuna definitiva para la guerra. Pronto ninguna de las extensiones de su terreno se enfrentará a otra, ni tratará de aniquilarla. Habrá una composición de países estable y pacífica. De todas formas y de momento seguiremos tratando de sofocar aquellos conflictos bélicos de que adolece como hasta ahora.
- Visita dominical –Resumían los labios resecos de la Tierra con una nube de resignación.
___Pero el médico no escuchó, o mejor dicho, no pudo diferenciar aquellas palabras del crujido de sus zapatos en el suelo encerado, o del tintineo del carro de medicinas deslizándose por el pasillo. Eran las mismas palabras de su paciente después de su sermón, con el mismo tono de derrota, la misma sensación de distancia. Era una frase que había dejado de significar para él. Era otro ruido monótono e insignificante a su alrededor. En cambio, algo le llamó la atención mientras cerraba la puerta. Abrió de nuevo. Sí, la Tierra mascullaba algo entre dientes contra la almohada. La sangre se agolpó súbitamente en las mejillas del médico. Se acercó a su paciente sin saber qué hacer, salvo intentar distinguir las palabras. Estas que eran nuevas, que nunca había dicho la Tierra. Se acercó. Estaba cerca. Muy cerca y en silencio. Se dio cuenta de que ya no escuchaba nada, ni las máquinas, ni a las enfermeras, sólo lo que pudiesen decir aquellos labios ahogados, agrietados, que tiritaban. Pero sólo obtuvo silencio, y el cuerpo de la Tierra se congeló al fin, en una figura de expresión ausente. Aquellas últimas palabras que vacilaron en el borde de su labio inferior, cayeron finalmente hacia dentro. Silencio, hasta que la máquina emitió un inútil pitido de alarma.
___Horas más tarde el médico aguardaba su entrevista con el Director del Hospital, apoyado contra la pared del pasillo, frente a la puerta. Se mordía la uña de su pulgar sin piedad, como para desgarrarla o arrancarla del dedo cuanto antes. No temía que le multasen, o que abriesen un expediente sancionador contra él. En ese momento, con los ojos surcados de venas y desbordados de sus cuencas ojerosas, sólo le obsesionaba una idea. La de aquellas últimas palabras que rodaron como una moneda sobre el precipicio de ser pronunciadas. Quizás podría haber hecho algo aquel domingo. El domingo que fue diferente. El domingo que la Tierra habló diferente. Pero quizás no. Quizás todavía era peor. Quizás la Tierra siempre había hablado en aquel momento. Quizás él, hoy, sólo se había retrasado al cerrar la puerta de la habitación. Esos pequeños cambios sabía que sucedían. Quizás tuvo la oportunidad muy cerca y muchas veces. Pero ya no importaba. De todos modos sí que era un domingo distinto: La Tierra había muerto.
___La puerta del despacho del director se abrió bruscamente y de su umbral emergió una bata larga y blanca, como la del médico, pero ésta bien abrochada y sin arrugas. Quien la vestía le invitó a entrar con un gesto de fastidio. Tras acomodarse en sus asientos cruzando sendos suspiros, el Director entendió que era su turno. Sacó el informe sanitario de la Tierra y lo lanzó sobre la mesa provocando el sonoro chasquido del montón de papel sobre la madera:
- Usted es médico.
___Y aquel creyó verse sobre una mesa de operaciones, bajo el reflejo de la luz en el bisturí que es tanteado antes de comenzar.
- O mejor dicho, es usted enfermero.
___El acero afilado se hundía en su abdomen, le abría en canal. Pero no iba a evitarlo. Lo consentiría tal y como merecía. No se quedaría en silencio. Tampoco discutiría. Diría lo que en ese momento se esperaba.
- ¿Por qué dice eso?
- Usted no diagnostica ni las enfermedades, ni sus curas. Atiende sólo a sus síntomas, por lo que yo leo aquí –El Director escupía las palabras mientras llevaba su dedo índice hasta el informe, para apuñalarlo violentamente con él. El médico sentía que no eran hojas de papel, si no sus entrañas abiertas de par en par. El Director se empotró en el respaldo de su sillón y prosiguió.
- Digamos que usted está luchando contra la fiebre, contra la tos. Los mira directamente y los combate cara a cara. Pero se está olvidando del virus de la enfermedad. Usted combate guerras que siempre se acaban. Pero eso es absurdo. ¿Sabe que existe algo infalible para cualquier fuego? ¿Algo que extingue cualquier fuego que usted imagine?
___Al médico le traicionó su debilidad. La angustia apenas le permitía concentrarse en aquel momento. Debía haberse callado, o decir simplemente no.
- ¿El agua?
- El tiempo. –Sentenció con el tono que se le da a una frase célebre o a un epitafio genial.- Todos los fuegos se apagan con tiempo. Las guerras son lo mismo. No luche contra las guerras en el planeta. Luche contra la estupidez de los humanos que las declaran, las ejecutan, las sostienen, las callan, las ignoran y las olvidan.
- ¿Estupidez humana? –También ahora hubiese deseado permanecer en silencio.
- Si, aunque esa expresión es una redundancia. La estupidez es patrimonio exclusivo de la especie humana.
___Los dos se mantuvieron en silencio un instante, con la cabeza baja. El médico creía estar ya muerto, sin cuerpo, siendo sólo un pensamiento flotante por la habitación. Casi silabeó sus palabras:
- Nosotros somos humanos.
- Desde luego. Las paredes del hospital ya están resquebrajándose. Pronto se marchará la luz. Creo que no hará falta recordarle lo que viene después.
___Las grietas restallaron a su alrededor, como negros relámpagos sobre la pintura blanca. Los fluorescentes parpadearon nerviosa e irregularmente. Ninguno necesitaba que le recordasen lo que venía después. Lo cierto es que habían hecho su trabajo. Igual que hace un alfil o una torre sobre el tablero en una partida de ajedrez; y bien o mal había concluido. Alguien recogía ahora las fichas en su caja plástico. Alguien hacía ahora que se los tragase la tierra.
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