LA GENTE DICE

La gente dice:
«Pobres tiene que haber siempre»
y se quedan tan anchos
tan estrechos de miras,
tan vacíos de espíritu,
tan llenos de comodidad.
Yo aseguro con emoción
que en un próximo futuro
sólo habrá pobres de vocación.





GLORIA FUERTES

Urgencias

___Las puertas de la sala de urgencias acostumbraban a abrirse cada semana para la misma visita. Muchos lo saben: La rutina mecanizada puede destruir tanto como un Happy Meal o un Big Mac. Lo que ocurre es que si los unos afectan al cuerpo, la otra afecta a la mente, que de la misma manera engorda y se vuelve obesa, con dificultades para moverse, hasta que incluso, alguna explota, salpicando al de al lado, que por primera vez entiende el problema de otro. En fin, cada uno se apega a sus costumbres, más o menos peligrosas o irresponsables, y cada uno se estrella con las de los demás al menos una vez. De esta manera, la Tierra cruzó las puertas de urgencias, como lo hacía cada domingo, sobre una camilla y atendida por dos enfermeros experimentados. Pero cada domingo, siendo igual, no era el mismo. La diferencia radicaba en la disminución de la velocidad de la camilla, en el aumento de la frialdad y el aplomo de los enfermeros, que preparaban pausadamente las sondas y la bolsa de suero, sin ni siquiera tomarle ya el pulso a la paciente, ni enfocar con su linternita a sus pupilas. No hacía falta. Este domingo era una repetición distorsionada del anterior, que lo fue del anterior, del anterior, del anterior… Así una larga serie de fotocopias de fotocopias.
___Por eso cuando el médico atendió a la Tierra simplemente habló, como lo hace una máquina por un altavoz, sin entonación ni interés, ni en que le quieran escuchar ni en que le quieran responder.
-Vamos a ver…
___Examinaba, con la destreza que proporciona la rutina, el informe del que reconocía hasta la última letra. No le hizo falta volver a leerlo. De un vistazo comprobó que todas las manchas de tinta seguían en el mismo lugar que siempre.
-Le dijimos que esperara nuestra llamada, que no…
-Pero doctor… -Interrumpió la Tierra suplicante, juntando las palmas de las manos y tirando de los tubos que ahora le salían de los antebrazos. El médico, esculpido en granito, trató de ignorar la interrupción, simulando un carraspeo como verdadera razón de la pausa en su discurso.
-…que no se preocupara. Los problemas que usted tiene están totalmente cuantificados y localizados. Totalmente controlados. –Apenas cogió aire adivinando que era el momento de otra interrupción, y continuó de forma implacable, sin opción a réplica por parte de la Tierra.
- Veintinueve guerras, quince de ellas civiles. Veamos por otro lado. Dos treguas, tres rendiciones y un genocidio. Como le reiteramos cada semana, todos sus males están en vías de solución. –El médico paseaba por la habitación de hospital y se asomaba a la ventana, distraído. Actuaba como el estudiante que recita la lección bien aprendida en su cuarto. -Ya debería saber que cada conflicto lleva su tiempo; se lo hemos repetido una y otra vez. Trabajamos para su salud sin descanso y encontraremos la vacuna definitiva para la guerra. Pronto ninguna de las extensiones de su terreno se enfrentará a otra, ni tratará de aniquilarla. Habrá una composición de países estable y pacífica. De todas formas y de momento seguiremos tratando de sofocar aquellos conflictos bélicos de que adolece como hasta ahora.
- Visita dominical –Resumían los labios resecos de la Tierra con una nube de resignación.
___Pero el médico no escuchó, o mejor dicho, no pudo diferenciar aquellas palabras del crujido de sus zapatos en el suelo encerado, o del tintineo del carro de medicinas deslizándose por el pasillo. Eran las mismas palabras de su paciente después de su sermón, con el mismo tono de derrota, la misma sensación de distancia. Era una frase que había dejado de significar para él. Era otro ruido monótono e insignificante a su alrededor. En cambio, algo le llamó la atención mientras cerraba la puerta. Abrió de nuevo. Sí, la Tierra mascullaba algo entre dientes contra la almohada. La sangre se agolpó súbitamente en las mejillas del médico. Se acercó a su paciente sin saber qué hacer, salvo intentar distinguir las palabras. Estas que eran nuevas, que nunca había dicho la Tierra. Se acercó. Estaba cerca. Muy cerca y en silencio. Se dio cuenta de que ya no escuchaba nada, ni las máquinas, ni a las enfermeras, sólo lo que pudiesen decir aquellos labios ahogados, agrietados, que tiritaban. Pero sólo obtuvo silencio, y el cuerpo de la Tierra se congeló al fin, en una figura de expresión ausente. Aquellas últimas palabras que vacilaron en el borde de su labio inferior, cayeron finalmente hacia dentro. Silencio, hasta que la máquina emitió un inútil pitido de alarma.

___Horas más tarde el médico aguardaba su entrevista con el Director del Hospital, apoyado contra la pared del pasillo, frente a la puerta. Se mordía la uña de su pulgar sin piedad, como para desgarrarla o arrancarla del dedo cuanto antes. No temía que le multasen, o que abriesen un expediente sancionador contra él. En ese momento, con los ojos surcados de venas y desbordados de sus cuencas ojerosas, sólo le obsesionaba una idea. La de aquellas últimas palabras que rodaron como una moneda sobre el precipicio de ser pronunciadas. Quizás podría haber hecho algo aquel domingo. El domingo que fue diferente. El domingo que la Tierra habló diferente. Pero quizás no. Quizás todavía era peor. Quizás la Tierra siempre había hablado en aquel momento. Quizás él, hoy, sólo se había retrasado al cerrar la puerta de la habitación. Esos pequeños cambios sabía que sucedían. Quizás tuvo la oportunidad muy cerca y muchas veces. Pero ya no importaba. De todos modos sí que era un domingo distinto: La Tierra había muerto.
___La puerta del despacho del director se abrió bruscamente y de su umbral emergió una bata larga y blanca, como la del médico, pero ésta bien abrochada y sin arrugas. Quien la vestía le invitó a entrar con un gesto de fastidio. Tras acomodarse en sus asientos cruzando sendos suspiros, el Director entendió que era su turno. Sacó el informe sanitario de la Tierra y lo lanzó sobre la mesa provocando el sonoro chasquido del montón de papel sobre la madera:
- Usted es médico.
___Y aquel creyó verse sobre una mesa de operaciones, bajo el reflejo de la luz en el bisturí que es tanteado antes de comenzar.
- O mejor dicho, es usted enfermero.
___El acero afilado se hundía en su abdomen, le abría en canal. Pero no iba a evitarlo. Lo consentiría tal y como merecía. No se quedaría en silencio. Tampoco discutiría. Diría lo que en ese momento se esperaba.
- ¿Por qué dice eso?
- Usted no diagnostica ni las enfermedades, ni sus curas. Atiende sólo a sus síntomas, por lo que yo leo aquí –El Director escupía las palabras mientras llevaba su dedo índice hasta el informe, para apuñalarlo violentamente con él. El médico sentía que no eran hojas de papel, si no sus entrañas abiertas de par en par. El Director se empotró en el respaldo de su sillón y prosiguió.
- Digamos que usted está luchando contra la fiebre, contra la tos. Los mira directamente y los combate cara a cara. Pero se está olvidando del virus de la enfermedad. Usted combate guerras que siempre se acaban. Pero eso es absurdo. ¿Sabe que existe algo infalible para cualquier fuego? ¿Algo que extingue cualquier fuego que usted imagine?
___Al médico le traicionó su debilidad. La angustia apenas le permitía concentrarse en aquel momento. Debía haberse callado, o decir simplemente no.
- ¿El agua?
- El tiempo. –Sentenció con el tono que se le da a una frase célebre o a un epitafio genial.- Todos los fuegos se apagan con tiempo. Las guerras son lo mismo. No luche contra las guerras en el planeta. Luche contra la estupidez de los humanos que las declaran, las ejecutan, las sostienen, las callan, las ignoran y las olvidan.
- ¿Estupidez humana? –También ahora hubiese deseado permanecer en silencio.
- Si, aunque esa expresión es una redundancia. La estupidez es patrimonio exclusivo de la especie humana.
___Los dos se mantuvieron en silencio un instante, con la cabeza baja. El médico creía estar ya muerto, sin cuerpo, siendo sólo un pensamiento flotante por la habitación. Casi silabeó sus palabras:
- Nosotros somos humanos.
- Desde luego. Las paredes del hospital ya están resquebrajándose. Pronto se marchará la luz. Creo que no hará falta recordarle lo que viene después.
___Las grietas restallaron a su alrededor, como negros relámpagos sobre la pintura blanca. Los fluorescentes parpadearon nerviosa e irregularmente. Ninguno necesitaba que le recordasen lo que venía después. Lo cierto es que habían hecho su trabajo. Igual que hace un alfil o una torre sobre el tablero en una partida de ajedrez; y bien o mal había concluido. Alguien recogía ahora las fichas en su caja plástico. Alguien hacía ahora que se los tragase la tierra.
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DESFIGURADA APENAS

Adios tristeza.
Buenos días tristeza.
Inscrita estás en las rayas del techo.
Inscrita estás en los ojos amados.
No eres la miseria exactamente,
pues los ojos más tirstes te anuncian
con una sonrisa.
Buenos días tristeza.
Amor de los cuerpos amables,
poder del amor,
cuya amabilidad surge
como un monstruo sin cuerpo.
Cabeza decepcionada.
Tristeza bello rostro.
Paul Eluard.

PD: Este poema ha sido durante mucho tiempo mi-más-favorito (no sé si sigue siéndolo, ya que hace años que he dejado de pensar en ello) . Allá por mis dieciseis abriles se me quedó en la cabeza la recomendación de un libro por parte de mi profesor de francés. Sólo se me pudo ocurrir a mí ir a la biblioteca y robar el libro (lo sé, lo sé: Está muy mal, he pecado) . Su título era "Buenos días tristeza" (confieso que el título me conquistó), escrito por F. Sagan, y en las primeras páginas podía leerse este poema de Paul Eluard. Uno de los pocos que sé de memoria. ¡Un abrazo!
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El último puente

___En la cola para elegir burjú, el náufrago tenía claro que el suyo no tendría puentes, hasta que vio que todos aquellos que le precedían exigían al menos un puente para su burjú. Todos lo pedían, algunos antes incluso que cualquier otra cosa. Entonces vaciló un instante. Se agotaban. Un afilado sudor le cortó la frente. No. Él no necesitaba puentes en su burjú. Era un gasto innecesario. Llegaba su turno. La esquiadora que estaba justo delante de él reclamó tres puentes. Los dientes le castañetearon. Las sienes le ardíeron. Apenas pudo ser consciente de las palabras que escupía nerviosamente en su turno:
- Sí, déme un puente por favor. –Al escucharse a sí mismo enrojeció ostensiblemente.
___La registradora frunció el ceño y le dirigió una dura mirada, como el que apunta y dispara con pulso implacable un proyectil mortal.
- No tenemos más puentes, señor. No estaba previsto que usted solicitase un puente.
___Los nervios del náufrago se retorcían y se marcaban en su desfigurado rostro.
- He cambiado de parecer. Ahora quiero un puente en mi burjú.
- Señor, piénselo un instante. Quizás se está dejando llevar por una obsesión momentánea. Una repentina ofuscación puede…
- ¡Quiero un puente en mi burjú! ¡La he señalado antes que cualquier otra condición! ¡Es imprescindible que haya un puente en mi burjú!
___En el ceño de la registradora se dibujó la silueta del miedo. Aun así le contestó con idéntico aplomo que al principio:
- Aguarde, señor. Quizás exista un error en nuestro stock de puentes.
___Se dirigió con pasos cortos y rápidos hasta el despacho del coordinador de burjús, un hombre obeso, cuya papada se descolgaba hasta el pecho en forma de bolsa. Podría decirse que su profunda y sonora voz parecía reverberar en ella.
- Un problema, coordinador… -Prorrumpió como el chasquido de un arma amartillada a punto de tirotear a cualquiera que se interpusiese en su camino. –El náufrago desea un puente y está empecinado en esta idea. De hecho, ha sido la primera solicitud que ha efectuado respecto a su burjú.
___Alguien presente en aquel despacho tendría la tentación de asegurar que el tiempo transcurría a distinta velocidad para la registradora y para el coordinador. Éste último trató de arrellanarse en su ajustada silla, sumergiéndose en una aspiración interminable, como si su caja torácica fuese capaz de contener todo el aire de la habitación. Al fin habló, pero tan pausadamente que cualquiera juraría que aquel hombre hablaba a través de aquel cuerpo, sí, pero desde una insondable lejanía.
- Proporciónele un puente, por favor.
- En ese caso tendrá la posibilidad de regresar. Siendo un náufrago, ¿No es eso una contradicción?
- Tranquilícese. No se preocupe. Está haciendo lo previsto. Sólo está asegurando su naufragio.
___La silla chirriaba de dolor, girando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda de manera que recordaba a la rotación planetaria. Los codos del coordinador se hincaban en el reposabrazos y sus manos se entrelazaban dejando los dos índices estirados, yema con yema, apoyados en los labios. Por otro lado, el eficiente ceño de la registradora aún interrogaba a su jefe, quien aclaró finalmente con la misma parsimonia y gravedad:
- Por favor, créame. No se trata de ninguna contradicción. Él ha efectuado una demanda. Cumpliremos con ella. Tenga en cuenta que un náufrago lo que desea es dejar de serlo. Dejar de estar perdido. Exigiendo un puente de regreso ha desperdiciado la opción de conseguirlo. Este imprevisto tan sólo mantiene las cosas en orden.
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JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO

A veces
___alguien te sonríe tímidamente en un supermercado
___alguien te da un pañuelo
___alguien te pregunta con pasión qué día es hoy en la sala de espera del dentista
___alguien mira a tu amante o a tu hombre con envidia
___alguien oye tu nombre y se pone a llorar.

A veces
___encuentras en las páginas de un libro una vieja foto de la persona que amas y eso te da un tremendo escalofrío
___vuelas sobre el Atlántico a más de mil kilómetros por hora y piensas en sus ojos y en su pelo
___estás en una celda mal iluminada y te acuerdas de un día luminoso
___tocas un pie y te enervas como una quinceañera
___regalas un sombrero y empiezas a dar gritos.

A veces
___una muchacha canta y estás triste y la quieres
___un ingeniero agrónomo te saca de quicio
___una sirena te hace pensar en un bombero o en un equilibrista
___una muñeca rusa te incita a levantarle las faldas a tu prima
___un viejo pantalón te hace desear con furia y con dulzura a tu marido.

A veces
___explican por la radio una historia ridícula y recuerdas a un hombre que en vida fue tu amigo
___disparan contra ti sin acertar y huyes pensando en tu mujer y en tu hija
___ordenan que hagáis esto o aquello y enseguida te enamoras de quien no hace ni caso
___hablan del tiempo y sueñas en una chica egipcia
___apagan las luces de la sala y ya buscas la mano de tu amigo.

A veces
___esperando en un bar a que ella vuelva escribes un poema en una servilleta de papel muy fino
___hablan en catalán y quisieras de gozo o lo que sea morder a tu vecina
___subes una escalera y piensas que sería bonito que el chico que te gusta te violara antes del cuarto piso
___repican las campanas y amas al campanero o al cura o a Dios si es que existiera
___miras a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo.

A veces
___sólo a veces gran amor.



José Agustín Goytisolo. A VECES GRAN AMOR.
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PD: Tuve el placer de asistir a un congreso celebrado en Oviedo sobre este autor. Tuve la suerte de escuchar las palabras de su mujer haciendo un resumen de su recorrido vital y literario. Yo ya conocía este genial poema pero escucharlo allí, en la lectura que hubo de parte de su obra, de voz de una joven poetisa asturiana, fue lo que para otros una canción que "pone el vello" versionada por un grupo prometedor en un concierto. Ojalá esta entrada pudiese pasar por una fotocopia de aquel gran momento. Y aunque va a ser que no, espero que os guste.
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Carta después de Navidad

__El comedor de burjús no quiso escupirme ningún otro burjú. Callaba distraído. Se retorcía en un ronroneo profundo e interminable para mi, hasta convertirse en un ovillo de escombro que se abandonaba al sueño. Era navidad. Unos días que han sido bendecidos con el deber de sonreír, de creerse bondadoso y creerlo también de los demás. Días de silencios tristes o lágrimas rabiosas para aquellos que recuerdan una reciente ausencia, o celebran un doloroso aniversario. Era navidad. Días extraños y locos. Tan pronto podías verte sumergido en una histeria colectiva de compras compulsivas, como en la miserable soledad absoluta de tu cuarto, insensible y frío. Era, como siempre lo es, la consecuencia de que existiesen días especiales, con nombre propio, la reacción lógica a una discriminación en el calendario ilógica, de un viejo acuerdo en el que ni yo, ni ninguna persona que conozco participamos. Que el comedor de burjús diera la impresión de querer hibernar en esas fechas fue descorazonador para mí, aunque no tenía tanto tiempo como para lamentarme demasiado. Los hilos que nos unen a los seres queridos tiraban de mí, me reclamaban. Eran los días que a nadie pertenecían, eran simplemente de la familia: De la sopa de marisco (tenía que ser sopa de marisco), la bandeja de turrón, el brindis de las copas de cava que habían permanecido en la oscuridad durante un año, la partida de cartas... Aunque había otros hilos. Otros cordones umbilicales larguísimos hasta los amigos en la distancia, una lejanía invisible e inaudible. Yo tampoco tiré de ellos, para llamarles, para saber que estaban bien. “Estaban bien”, pensé. Imaginaba que ocupados con problemas y placeres cotidianos que no suelen ser motivo de una llamada de teléfono, con los contratiempos habituales y las sorpresas previsibles que se olvidan en una conversación. “Debería llamarles. Uno por uno.”, me decía después. Pero la navidad pasó y no llamé. Les echo de menos, imagino que lo saben. Durante un tiempo, fueron las personas con las que compartí una buena parte de mi vida, y que a su vez compartieron parte de la suya conmigo. Me estoy poniendo nostálgico, y ni mucho menos era esa la intención de esta carta. Lo que quería sobre todo es contar que el burjú nº9 se ha callado, y ahora mismo duerme muy profundamente. Quería escribirlo. Quizás así podría explicarme el por qué. Si acaso porque fuese navidad; porque me rindiese a lo amable de la compañía familiar, aunque fuese fruto de una convención social; porque sentía un poco más los novecientos cuarenta coma dos kilómetros que me separaban de la amistad. Pero no he tenido éxito. El comedor de burjús sigue dormido. El tecleteo sobre el ordenador no le molesta.
__Lo que he escrito será solamente una carta, y nada más.
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ALEJANDRA

___Se llamaba Alejandra. La llamamos. Pero las palabras continen más silencios que antes. Te llamaste Alejandra.

II


las palabras

no hacen el amor

hacen la ausencia

si digo agua ¿beberé?

si digo pan ¿comeré?

______________(Alejandra Pizarnik. "En esta noche, en este mundo")


____Te llamamos Alejandra. Aún. Alejandra aún presa de los miedos que ya no sientes, de la torpeza de las miradas o la voz que ya no usas, de su dolor al usarlas, desperdiciarlas, desposarlas con los silencios.


Antes
a Eva Durrel

bosque musical

los pájaros dibujaban en mis ojos

pequeñas jaulas

______________(Alejandra Pizarnik. "Los trabajos y las noches")


___PD: Mi diminuto homenaje a esta poetisa argentina, que espero que os guste.