Uno de tantos comienzos

__Ahora viajemos solo un momento, solo hasta una habitación en penumbra de un templo de tetraedro, en un burjú que todavía no es necesario conocer. Allí vive el mayor coleccionista de respuestas.
__Cada día, el templo recibe gran cantidad de visitas de personas con la esperanza de que nuestro coleccionista tenga esa respuesta que ellas necesitan. Las preguntas son de todo tipo sobre multitud de temas, aunque la mayoría de los peregrinos que llegan dirigen esas preguntas a descubrir cómo salir del laberinto. Una de las excepciones fue la de un viajero especial. El coleccionista no advirtió ninguna diferencia respecto a los demás hasta que aquel le devolvió la mirada a través de tres pares de anteojos superpuestos.
–Buenos días.
–Buenos días. –la respuesta del coleccionista semejaba un eco metálico devuelto por las paredes del templo.
–Mi deseo es entrar en el laberinto.
–No salir de él… –Susurró afirmando con la cabeza muy lentamente.
–No salir de él. –Una traviesa sonrisa hundió la comisura de los labios del viajero en dos pliegues de arrugas ya acostumbradas a aquella expresión. –¿Tiene la respuesta a la pregunta de cómo entrar en el laberinto?
–Mis archivadores ya la están buscando.
__Tras un pedazo de tiempo arrancado imperceptiblemente de sus manos, un muchacho desgarbado arrastró un carro cargado de gruesos tomos de enciclopedia. Una vez lo detuvo al lado de ellos, se encaramó con una sorprendente agilidad por la torre de libros hasta alcanzar el que se encontraba en lo más alto. Después se lo tendió delicadamente al coleccionista.
–Ejem… -carraspeó éste, abriendo por la última página y leyendo con suma atención. –Tengo la respuesta, viajero.
__El semblante del coleccionista resplandecía de orgullo.
–Y bien… ¿Me la daría?
–Se la daría.
__El viajero sonrió de nuevo.
–Bien… ¿Cómo puedo entrar en el laberinto?
__El coleccionista fulminó con su mirada al muchacho que aguardaba con un temor fundado en la garganta. Aquellos ojos que le perforaron, también confirmaban su miedo, lo transformaban en certeza, como la mirada que convierte los vientos en piedras. Una piedra cuya dureza en el golpe convence a uno de su existencia real. El muchacho corrió despavorido hasta desaparecer en la oscuridad. Solamente unos minutos después, extirpados de sus entrañas sin que ninguno se diera cuenta, el suelo comenzó a temblar. Surgía de la parte más alejada de la estancia, una criatura de dimensiones descomunales, fuera de toda escala humana. Al viajero le pareció una especie de monstruo de seis patas esbeltísimas, tan delgadas y tan altas como lo pueden ser las cadenas de paraguas de colores que efectivamente las formaban. Pero a pesar de la apariencia endeble de sus extremidades, sostenían un abultado abdomen irregular, un gigantesco amasijo de puentes de acero sobre volcanes furiosos, autopistas por las cuales circulaban búfalos y gallinas de corral sobre patines, altas chimeneas de fábricas de chicle o muñecas en funcionamiento, y otras muchas cosas apenas distinguibles que bien podrían eclipsar el templo. De él colgaban numerosas colas de distintas formas y tamaños. La de un cocodrilo gigante, la de un dragón diminuto, la cola de un piano, la de un traje de novia, hasta una cola para el teatro, donde se representaba una obra muy conocida. La cabeza, que parecía soportar una ciudad nocturna, también caía de su cuerpo unida por un filamento brillante, tal que una cuerda de guitarra. Seguro que podréis imaginar el bamboleo de aquella anatomía tan extarordinaria, golpeando las columnas y el techo hasta hacerlos crujir y romperse, provocando los agujeros por donde se filtraban otras columnas nuevas, pero éstas, de luz blanquísima atravesando las tinieblas de la estancia. La torpeza de la criatura era proporcional al terror del coleccionista y el viajante. Al fin aquella consiguió acercarse y derrumbarse sobre sí misma contra el suelo en una posición realmente extraña. La cabeza le había quedado aplastada por su cuerpo y las patas se retorcían formando seis interminables ríos de tela multicolor que se perdían en los distintos extremos de la sala. El coleccionista recuperó su dignidad:
–El burjú nº9. –Anunció, con su mano extendida hacia el ser que podría pasar por un pequeño planeta.
–El comedor de laberintos… –Masculló el viajero
–Ciertamente, imagino que si conoce algunos de sus nombres también conocerá su historia.
__La mirada absorta del viajero sobre la criatura que parecía dormitar a su lado, hizo que sus palabras sonasen muy lejanas.
–Más o menos… He leído algunos libros.
–Ahora, depende de cómo quiera entrar, le podré dar una u otra respuesta
–¿A qué se refiere?
–¿Quiere entrar por los laberintos o por los espejos?
–Por los laberintos
–¿Prefiere hacerlo boca arriba o boca abajo?
–Boca arriba
–Puede ir con la caravana por la ruta o por el atajo. –El viajero comenzaba a impacientarse.
–Por el atajo…
–¿Preferiría atravesar los veranos o los inviernos?
–A ver, un momento. Dijo que me daría la respuesta. –Apostilló el viajero.
–Pero la pregunta no era completa. Una respuesta exacta requiere una pregunta igualmente precisa.
–Bien… No necesito esa precisión, sólo una respuesta general a mi pregunta general: ¿Cómo puedo entrar en el laberinto?
–La respuesta a eso es muy fácil… ¡De muchas maneras!
__El viajero, encolerizado, se volvió y se alejó dando largos y ruidosos pasos hacia la puerta. Antes de salir, la voz del coleccionista le llegó a los oídos como una suave brisa.
–Así es, viajero, uno puede hacerlo de muchas maneras, aunque también le puedo adelantar que para entrar en el laberinto, de cualquier forma, primero es necesario salir de él.
__Un escalofrío se descargó como un relámpago por la espalda del viajero y algo se apagó en él. Era el tiempo agotado por un nuevo silencio o la seguridad de que algún día volvería para encontrar la respuesta a cómo salir de allí.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnifico, empecé leído algo que parecía conocer, me perdí en la descripción que no podía parar de leer, cuando creí que no existía final encontré que acababa de empezar

graograman dijo...

se agradece el comentario... y las nuevas vistas del puente