__El comedor de burjús no quiso escupirme ningún otro burjú. Callaba distraído. Se retorcía en un ronroneo profundo e interminable para mi, hasta convertirse en un ovillo de escombro que se abandonaba al sueño. Era navidad. Unos días que han sido bendecidos con el deber de sonreír, de creerse bondadoso y creerlo también de los demás. Días de silencios tristes o lágrimas rabiosas para aquellos que recuerdan una reciente ausencia, o celebran un doloroso aniversario. Era navidad. Días extraños y locos. Tan pronto podías verte sumergido en una histeria colectiva de compras compulsivas, como en la miserable soledad absoluta de tu cuarto, insensible y frío. Era, como siempre lo es, la consecuencia de que existiesen días especiales, con nombre propio, la reacción lógica a una discriminación en el calendario ilógica, de un viejo acuerdo en el que ni yo, ni ninguna persona que conozco participamos. Que el comedor de burjús diera la impresión de querer hibernar en esas fechas fue descorazonador para mí, aunque no tenía tanto tiempo como para lamentarme demasiado. Los hilos que nos unen a los seres queridos tiraban de mí, me reclamaban. Eran los días que a nadie pertenecían, eran simplemente de la familia: De la sopa de marisco (tenía que ser sopa de marisco), la bandeja de turrón, el brindis de las copas de cava que habían permanecido en la oscuridad durante un año, la partida de cartas... Aunque había otros hilos. Otros cordones umbilicales larguísimos hasta los amigos en la distancia, una lejanía invisible e inaudible. Yo tampoco tiré de ellos, para llamarles, para saber que estaban bien. “Estaban bien”, pensé. Imaginaba que ocupados con problemas y placeres cotidianos que no suelen ser motivo de una llamada de teléfono, con los contratiempos habituales y las sorpresas previsibles que se olvidan en una conversación. “Debería llamarles. Uno por uno.”, me decía después. Pero la navidad pasó y no llamé. Les echo de menos, imagino que lo saben. Durante un tiempo, fueron las personas con las que compartí una buena parte de mi vida, y que a su vez compartieron parte de la suya conmigo. Me estoy poniendo nostálgico, y ni mucho menos era esa la intención de esta carta. Lo que quería sobre todo es contar que el burjú nº9 se ha callado, y ahora mismo duerme muy profundamente. Quería escribirlo. Quizás así podría explicarme el por qué. Si acaso porque fuese navidad; porque me rindiese a lo amable de la compañía familiar, aunque fuese fruto de una convención social; porque sentía un poco más los novecientos cuarenta coma dos kilómetros que me separaban de la amistad. Pero no he tenido éxito. El comedor de burjús sigue dormido. El tecleteo sobre el ordenador no le molesta.
__Lo que he escrito será solamente una carta, y nada más.
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1 comentario:
Los trocitos de vida a repartir son para los amigos que nos recordaran a cualquier distancia
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